Pedagogía basada en la reflexividad perceptiva y terapia psicoanalítica

Documento para el área «Editorial» del sitio del Instituto Pablo Freire de Chile.

Pedagogía basada en la reflexividad perceptiva y terapia psicoanalítica: educar la mirada, escuchar al sujeto

Introducción

Todo proceso educativo comienza antes de que el estudiante formule una idea o entregue una respuesta. Comienza en la manera en que percibe una situación: cómo interpreta la mirada del docente, qué siente ante una corrección, qué recuerdos se activan cuando debe hablar en público y qué imagen de sí mismo construye al experimentar el éxito o el fracaso. La percepción educativa no es, por tanto, una recepción neutral de estímulos. Está atravesada por la biografía, la cultura, las emociones, los vínculos y las experiencias previas de reconocimiento o humillación.

Una pedagogía basada en la reflexividad perceptiva procura que las personas aprendan a examinar críticamente esas formas de percibir. Su propósito no consiste únicamente en desarrollar habilidades intelectuales, sino también en ayudar al sujeto a reconocer desde qué lugar mira, qué supuestos organizan su interpretación y de qué manera su percepción influye en sus decisiones y relaciones.

La terapia psicoanalítica, por su parte, permite comprender que el sujeto no posee un conocimiento transparente de sí mismo. Sus percepciones, palabras y comportamientos pueden estar condicionados por deseos inconscientes, conflictos, identificaciones, defensas y experiencias que no han sido elaboradas. El encuentro entre pedagogía y psicoanálisis abre así una pregunta fundamental: ¿cómo puede la educación favorecer una transformación de la percepción sin convertir el aula en un espacio terapéutico?

La tesis de este ensayo sostiene que la pedagogía basada en la reflexividad perceptiva puede dialogar fecundamente con el psicoanálisis si reconoce la existencia de lo inconsciente, la singularidad del sujeto y la importancia de la palabra, pero conserva su especificidad educativa y sus límites éticos. No se trata de que el docente diagnostique o interprete clínicamente a sus estudiantes, sino de que construya condiciones pedagógicas para que puedan interrogar sus percepciones, elaborar experiencias y ampliar sus posibilidades de acción.

La percepción como construcción de sentido

La percepción suele concebirse como un acto inmediato: vemos una situación y creemos saber lo que significa. Sin embargo, la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty muestra que no percibimos el mundo desde una conciencia separada del cuerpo, sino desde una existencia corporal, histórica y situada. Toda percepción posee un horizonte previo de significados.

En el ámbito educativo, esto significa que dos estudiantes pueden vivir de manera completamente diferente el mismo acontecimiento. Una corrección docente puede ser recibida como ayuda por uno y como humillación por otro. Una evaluación puede representar una oportunidad de aprendizaje o confirmar una antigua convicción: “No soy inteligente”, “nunca podré aprender” o “el colegio no es para personas como yo”.

Estas interpretaciones no son meros errores racionales. Se encuentran vinculadas con experiencias anteriores, relaciones familiares, estigmas sociales, posiciones culturales y emociones sedimentadas. La percepción puede quedar aprisionada en marcos de referencia que se han naturalizado. Un estudiante etiquetado reiteradamente como problemático puede comenzar a percibir cada gesto del mundo escolar como una confirmación de que no pertenece a él.

La reflexividad perceptiva introduce una interrupción en este proceso. Permite pasar de la afirmación inmediata —“el profesor me desprecia”— a una interrogación más compleja: “¿Qué ocurrió?”, “¿qué sentí?”, “¿por qué interpreté esa mirada de esa manera?”, “¿qué elementos de la situación sostienen mi interpretación?”, “¿existen otras lecturas posibles?” y “¿qué puedo hacer responsablemente frente a lo ocurrido?”.

No se busca negar la experiencia del estudiante ni convencerlo de que su interpretación es falsa. Se procura que pueda reconocer cómo construye sentido y contrastar su lectura con otras perspectivas. La reflexividad perceptiva no reemplaza una percepción por otra impuesta desde fuera; libera la percepción de su clausura.

El aporte del psicoanálisis

Sigmund Freud produjo una ruptura decisiva al sostener que el yo no es dueño absoluto de su propia casa. El sujeto puede decir una cosa y desear otra; puede repetir una conducta que racionalmente rechaza o reaccionar con una intensidad que no se explica únicamente por la situación presente. La existencia de lo inconsciente impide reducir el comportamiento a decisiones plenamente conscientes.

Desde esta perspectiva, el estudiante no llega al aula como una razón pura dispuesta a recibir conocimientos. Llega con temores, fantasías, deseos de reconocimiento, sentimientos de culpa, rivalidades, identificaciones y experiencias de pérdida. El aprendizaje moviliza su relación con el saber, pero también con la autoridad, el deseo y la imagen que posee de sí mismo.

Jacques Lacan profundizó esta comprensión al señalar que el sujeto se constituye en el lenguaje y en relación con la mirada del otro. La identidad no surge aisladamente; se forma mediante palabras, expectativas y reconocimientos sociales. Expresiones aparentemente cotidianas como “eres flojo”, “eres brillante”, “eres conflictivo” o “no tienes condiciones” pueden convertirse en significantes que organizan la relación del estudiante consigo mismo.

La palabra docente posee, por ello, un poder simbólico. Puede fijar una identidad o abrir una pregunta. Puede transformar un resultado insuficiente en una sentencia —“no sabes”— o en una posibilidad —“todavía no encontramos el modo que te permita comprenderlo”. En el primer caso, el comentario clasifica al sujeto; en el segundo, reconoce su capacidad de aprender.

El psicoanálisis también ayuda a comprender la transferencia. En el vínculo pedagógico, el estudiante puede atribuir al docente sentimientos y expectativas originados en relaciones anteriores. Puede buscar su aprobación como si dependiera de ella su valor personal, temerle como a una figura autoritaria o desafiarlo porque representa una norma vivida como amenaza. De manera semejante, el docente puede reaccionar ante determinados estudiantes desde sus propias experiencias, preferencias o conflictos no reconocidos.

Una pedagogía reflexiva no pretende eliminar estos procesos, algo imposible, sino hacer que el educador examine su implicación. La pregunta no es solamente “¿qué le ocurre al estudiante?”, sino también “¿qué me ocurre a mí frente a este estudiante?”, “¿por qué interpreto su silencio como desinterés?” o “¿qué expectativas estoy proyectando sobre él?”.

Afinidades entre pedagogía reflexiva y terapia psicoanalítica

La primera afinidad reside en la importancia de la palabra. Tanto la pedagogía dialógica como el psicoanálisis reconocen que hablar no consiste simplemente en transmitir información. Al narrar una experiencia, el sujeto puede escuchar de otra manera aquello que ha vivido y descubrir significados que antes permanecían ocultos.

Paulo Freire concibe el diálogo como una práctica mediante la cual las personas pronuncian el mundo, problematizan su realidad y se reconocen como sujetos capaces de transformarla. El psicoanálisis, desde otro campo, valora la palabra como vía de elaboración de conflictos y de cuestionamiento de las identificaciones que aprisionan al sujeto. En ambos casos, la palabra puede interrumpir la repetición.

La segunda afinidad es la problematización de lo aparentemente natural. La educación bancaria presenta el conocimiento y las relaciones sociales como realidades ya definidas. Una pedagogía reflexiva, en cambio, pregunta cómo se han construido esas evidencias. El psicoanálisis realiza un movimiento semejante al interrogar los síntomas, lapsus y repeticiones que el sujeto suele considerar accidentales o incomprensibles.

La tercera afinidad es el reconocimiento de la incompletitud. El educador no posee un saber absoluto sobre el estudiante y el terapeuta tampoco puede imponerle desde fuera la verdad de su experiencia. La transformación requiere la participación protagónica del sujeto. Nadie puede reflexionar ni elaborar en lugar de otro.

La cuarta afinidad se encuentra en el trabajo con la repetición. En la escuela se reiteran formas de exclusión que pueden parecer inevitables: el estudiante sancionado vuelve a transgredir, el docente responde aumentando el control y la nueva sanción confirma la identidad del estudiante como “conflictivo”. La reflexividad permite reconocer el circuito y formular preguntas sobre su sentido. El objetivo no es justificar la conducta, sino comprender las condiciones que la reproducen para abrir alternativas responsables.

Diferencias y límites necesarios

A pesar de estas afinidades, pedagogía y terapia psicoanalítica no son equivalentes. La terapia se desarrolla dentro de un encuadre clínico, con confidencialidad, formación especializada y objetivos relacionados con el sufrimiento psíquico del paciente. La pedagogía persigue aprendizajes, formación ética, construcción de conocimientos y participación social.

El docente no debe diagnosticar a sus estudiantes, interpretar públicamente sus conductas ni forzarlos a revelar experiencias íntimas. Tampoco debe atribuir cualquier dificultad escolar a conflictos inconscientes. Las dificultades de aprendizaje pueden estar relacionadas con métodos de enseñanza inadecuados, desigualdades sociales, discriminación, violencia institucional o falta de apoyos educativos.

La escucha pedagógica inspirada en el psicoanálisis no pregunta invasivamente: “¿Qué trauma explica tu conducta?”. Formula preguntas educativas: “¿Cómo viviste esta situación?”, “¿qué significado tuvo para ti?”, “¿qué necesitas para participar?”, “¿qué otras interpretaciones podemos considerar?” y “¿qué decisión podemos construir para reparar lo ocurrido?”.

Cuando aparecen indicios de sufrimiento psíquico grave, riesgo suicida, abuso, trauma o violencia, la responsabilidad docente consiste en activar los protocolos institucionales y facilitar la intervención de profesionales competentes. Reconocer la dimensión inconsciente no autoriza a improvisar una terapia.

Una pedagogía de la autorreflexión docente

El diálogo con el psicoanálisis exige que el profesorado examine sus propias percepciones. El docente no es un observador neutral: selecciona ciertos comportamientos, atribuye intenciones y produce expectativas que pueden incidir en la identidad de sus estudiantes.

Frente a un alumno que no entrega una actividad, por ejemplo, puede concluir inmediatamente: “Es irresponsable”. Una actitud reflexiva suspende provisionalmente ese juicio y distingue entre observación e interpretación. El hecho observable es que la actividad no fue entregada. La irresponsabilidad es una atribución que todavía debe ser examinada.

Esta suspensión no elimina la responsabilidad del estudiante. Permite abordarla sin reducir a la persona a su conducta. El docente puede preguntar qué ocurrió, identificar obstáculos, recordar los compromisos y construir una forma de reparación. De esta manera, la autoridad pedagógica no desaparece, sino que deja de apoyarse principalmente en la clasificación y el castigo.

Donald Schön denomina profesional reflexivo a quien piensa sobre su acción y revisa los marcos desde los cuales interpreta los problemas. Desde esta perspectiva, la profesionalización docente no consiste únicamente en aplicar técnicas eficaces, sino en investigar la propia práctica y reconocer cómo las decisiones pedagógicas afectan la subjetividad de los estudiantes.

La matriz APIAC como proceso de reflexividad perceptiva

La articulación entre reflexividad perceptiva y aportes psicoanalíticos puede concretarse mediante la matriz APIAC: Apertura, Problematización, Información, Aplicación y Cierre.

En la Apertura se presenta una situación significativa: una escena escolar, un relato, una imagen o una experiencia. Se recogen las percepciones iniciales sin clasificarlas inmediatamente como correctas o incorrectas.

En la Problematización se examinan las emociones, asociaciones y supuestos que organizan esas percepciones. El grupo puede preguntarse por qué atribuye determinadas intenciones a los personajes, qué estereotipos aparecen y qué experiencias influyen en sus interpretaciones.

En la fase de Información se incorporan conceptos que amplían la comprensión: inconsciente, identificación, proyección, transferencia, reconocimiento, estigma, identidad narrativa o relación entre experiencia individual y estructura social. Los conceptos no se utilizan para diagnosticar personas, sino para enriquecer la lectura de situaciones.

En la Aplicación, los participantes reinterpretan un episodio de la vida escolar y elaboran alternativas de acción. Pueden transformar un comentario clasificatorio en una retroalimentación formativa, diseñar una conversación reparadora o identificar cambios institucionales que favorezcan el reconocimiento.

Finalmente, en el Cierre, cada participante explicita qué percepción inicial se ha modificado, qué pregunta permanece abierta y qué compromiso asumirá. El aprendizaje se valida no solo por la adquisición de información, sino por la capacidad de revisar el propio marco perceptivo y proyectar una acción responsable.

Hacia una identidad protagónica

La finalidad de esta pedagogía no es producir estudiantes permanentemente ocupados en analizarse, sino sujetos capaces de comprender que su identidad no está completamente determinada por las etiquetas recibidas. La reflexividad permite tomar distancia de frases como “soy incapaz”, “soy violento” o “nadie espera nada de mí”. No se trata de negar las condiciones materiales, familiares o culturales, sino de impedir que sean vividas como destinos inmodificables.

Paul Ricoeur permite comprender la identidad como una construcción narrativa. El sujeto puede reinterpretar su historia, reconocer continuidades y rupturas y proyectarse hacia posibilidades todavía no realizadas. La educación contribuye a esta identidad narrativa cuando ofrece experiencias en las que el estudiante puede actuar, decidir, ser escuchado y comprobar que sus acciones tienen efectos en el mundo.

Una identidad protagónica no es una identidad omnipotente. El protagonista no controla todas las condiciones de su existencia, pero puede interpretar críticamente su situación, relacionarse con otros y participar en su transformación. Esta concepción se aproxima al sujeto freiriano: condicionado, pero no absolutamente determinado.

Conclusión

El diálogo entre pedagogía basada en la reflexividad perceptiva y terapia psicoanalítica permite comprender que aprender implica algo más que incorporar contenidos. Supone revisar la relación con el saber, con la autoridad, con los otros y con la propia identidad. La percepción educativa está atravesada por la historia del sujeto y por procesos conscientes e inconscientes; por ello, ninguna pedagogía es neutral respecto de la subjetividad.

El principal aporte del psicoanálisis a la educación no consiste en entregar técnicas terapéuticas al profesorado. Consiste en recordarle que el estudiante es un sujeto singular, que sus palabras pueden contener significados no evidentes y que toda relación educativa moviliza deseos, temores, identificaciones y expectativas. También invita al docente a interrogar su propia implicación y a desconfiar de diagnósticos rápidos que convierten una conducta en una identidad.

La reflexividad perceptiva transforma esta comprensión en una práctica pedagógica. Hace visible la distancia entre acontecimiento e interpretación, permite reconocer las emociones, desnaturaliza creencias, promueve una implicación ética, relaciona la experiencia personal con sus condiciones sociales y proyecta acciones transformadoras.

Educar la percepción no significa enseñar a todos a mirar de la misma manera. Significa crear las condiciones para que cada persona pueda preguntarse por qué mira como mira, qué consecuencias produce su interpretación y qué otras formas de comprender y actuar son posibles. La educación se convierte así en un espacio de liberación perceptiva: un lugar donde el sujeto puede dejar de ser únicamente aquello que otros han dicho de él y comenzar a participar protagónicamente en la construcción de quien desea llegar a ser.

Referencias

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores. (Trabajo original publicado en 1970).

Freud, S. (1992). Conferencias de introducción al psicoanálisis. Amorrortu. (Trabajo original publicado entre 1916 y 1917).

Lacan, J. (2009). Escritos 1. Siglo XXI Editores.

Merleau-Ponty, M. (1993). Fenomenología de la percepción. Planeta-Agostini. (Trabajo original publicado en 1945).

Ricoeur, P. (1996). Sí mismo como otro. Siglo XXI Editores.

Schön, D. A. (1992). La formación de profesionales reflexivos: Hacia un nuevo diseño de la enseñanza y el aprendizaje en las profesiones. Paidós

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